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miércoles, 19 de agosto de 2009

La antigüedad y el culto dionisiaco


Con las primeras guerras de la época antigüa aparecen los primeros esclavos y se dividen las clases sociales entre hombres libres y no libres. George Bataille en su libro Las lágrimas de Eros nos dice que a pesar de que el erotismo fue anterior a esta división de los hombres, el placer erótico de todas formas dependía del estatus social y de la posesión de riquezas. En este lugar del libro Bataille hace una distinción entre las condiciones primitivas y las condiciones derivadas de una sociedad de guerra. En la primera el hombre primitivo se enlaza con la fuerza física y la inteligencia y la mujer, por su parte, con la belleza y la juventud. En la época de guerra se mantiene la belleza y la juventud, pero aumenta la importancia de los privilegios. Como consecuencia de los privilegios, la prostitución fue un cause normal del erotismo. En tanto, el matrimonio se relegó a la parte que concierne a la procreación necesaria, los varones, provistos de mayor libertad, tendieron a alejarse del hogar buscando en las prostitutas la satisfacción de sus deseos eróticos.

Bataille dice además que las clases inferiores fueron las que desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo del erotismo, pero en el ámbito religioso. Es decir, que el erotismo de la Antigüedad fue un erotismo religioso. Este culto erótico era ofrecido al dios Dionisios, el dios de la fiesta y la trasgresión religiosa. Los ritos dionisíacos fueron esencialmente de libertinaje. Este culto fue trágico, erótico y promiscuo, llegando incluso al horror trágico. Paradójicamente hoy en día la religión excluye el erotismo, desconociendo que en sus inicios estaba estrechamente ligada a él. Por esto mismo, el erotismo al perder su carácter sagrado se volvió inmundo.

En la prehistoria sexo y religión estaban unidos, ambos elementos formaban parte de un mismo universo, se entrelazaban, confluían, se celebraban juntos. Los actos ceremoniosos estaban ligados con el placer sexual, mientras que éstos mismos tenían significaciones sagradas. Esto se rompe totalmente con la llegada de los preceptos cristianos. Pero antes de llegar a ello, debemos hacer hincapié en la Antigüedad, aún si pensamos en la sociedad griega, como una sociedad adelantada y moderna para la época, ellos concebían la sexualidad igual que las sociedad primitivas, como un sistema reproductivo, aunque también tenían presente los placeres que provocaba el acto sexual. La sociedad griega tuvo altas connotaciones sexuales. Entendida como la sociedad de la falocracia, la presencia del falo se relaciona en una primera instancia con la fecundidad masculina, y esto fue extrapolado a todos los ámbitos de la vida cotidiana, utilizando la imagen del falo, como un elemento que significa fecundidad en general[1]. Además el falo en esta época tuvo una función protectora y apotro paica. Son conocidas las historias de deidades fálicas que habitan en el campo, alejados de la polis. Estas deidades se caracterizan por tener una insaciable libido y un miembro sexual desbordante. Aquí vemos como se relaciona también la grandiosidad del falo y su estrecha relación con la religiosidad al considerar a una deidad por las desproporcionadas dimensiones de su sexo.

Para la sociedad griega era fundamental la preparación de los hombres en la Paídeia No tan sólo se preocupaban por su preparación cívica, también era fundamental su preparación sexual. Este acondicionamiento previo llevaba a los jóvenes griegos a prácticas homosexuales, en su afán de un conocimiento preliminar. Aunque las mujeres no podían participar de estas actividades, también realizaban rituales relacionados con el sexo, como las fiestas contraculturales que realizaban en honor a Adonis, como hombre que satisface a las mujeres sin alardes de machismo y que resulta muerto por la agresividad masculina[2]. Las mismas connotaciones tenían las fiestas de Tesmoforias. En la antigua Griega las relaciones sexuales formaban pate, en un comienzo, de los rituales de la reproducción sexual. Luego, como en la prehistoria, este primer ritual reproductivo fue tomando connotaciones eróticas y ya no se trataba de rituales reproductivos, sino que de rituales orgiásticos, donde más que la vida se celebraba el placer, y lo placentero que resultaba el acto sexual.

Nos encontramos nuevamente con la relación, al parecer, inalienable, del placer sexual con la religiosidad, o la divinidad. Tal vez sean inseparables, y las consideraciones posteriores que hace el cristianismo con respecto a la sexualidad, están erradas, considerando que las primeras grandes civilizaciones le otorgaron a la visa y placer sexual un lugar alto dentro de sus prioridades, tomándolo como un acto significativo y sagrado, como lo hemos visto hasta aquí. Pero contrariamente a lo que podríamos pensar, en la religión cristiana también nos encontraremos con notorias manifestaciones del placer, que paradójicamente tratan de inhibir, pero evidentemente salen a flote.



[1] La imagen del sexo en la Antigüedad. TuesQuets editores, España, 2007, p. 211.

[2] Ibíd, p. 193.

domingo, 28 de junio de 2009

Erotismo y prehistoria


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Venus de Willendorf











Tenemos cierta certeza al enunciar este interés por lo sexual y esta conciencia de las primeras civilizaciones con respecto a este tema por las innumerables Venus y representaciones gráficas que dejaron en distintas cuevas. En esta época podemos encontrar imágenes con motivos decorativos explícitamente sexuales, hay figurillas con forma de los órganos tanto femenino como masculino o derivaciones de sus formas. Ya en el Paleolítico superior observamos una distinción entre sexo y género, por lo tanto, una diferenciación entre lo masculino y femenino. El arte mobiliario en la época del Paleolítico da en cuenta una serie de figurillas con notable contenido sexual. La representación del cuerpo femenino y de sus atributos nos deja entrever su interés por la anatomía y por la connotación que tenía la figura de la mujer. Recordemos las Venus del periodo auriñacienses, la tan mítica Venus de Willendorf y quizás cuantas otras que nunca conoceremos, pues el tiempo ya ha hecho de las suyas o simplemente han desaparecido. Detengámonos en la imagen de la Venus, observémosla detenidamente y miremos como nuestros antepasados dedicaron especial atención a sus pechos, representándolos en grandes dimensiones, resaltando toda la significancia que éstos conllevan. Nuestros antepasados del paleolítico y neolítico representan el cuerpo femenino como un recipiente mágico. Seguramente observaron su cuerpo como un contenedor y sustentador de vida, la leche que emanaba de sus pechos para alimentar a los recién nacidos, además de la capacidad misma de traer desde su cuerpo otros seres al mundo e indudablemente y, el tema que más nos compete en este trabajo, la capacidad de estas mujeres de lograr la erección del órgano sexual masculino y su capacidad para dar placer. Por todo esto, la mujer en los comienzos de la historia, fue una figura determinante en los cultos sagrados.

Además de la presencia de la mujer como una maravilla ante los placeres sexuales, la unión física entre mujer y hombre como fuente de vida, amor y placer, era tremendamente celebrada. Estas primeras celebraciones tenían claras connotaciones míticas y religiosas. Nuestros antepasados conmemoraban estas actividades placenteras dotándolas de significado divino. Tomando las palabras de Bataille debemos reconocer en este primer periodo de la humanidad, una conciencia de muerte que fortaleció indudablemente la idea de vida, placer y fertilidad, perpetuando y resistiéndose al final de sus días.

No podemos obviar la conocida Cueva de Lascaux, lugar donde se perpetuán las primeras creaciones artísticas, mágicas. Arnold Hauser afirma que el hombre-artista en la época de la prehistoria, el autor de los dibujos en las cavernas, sería además un profesional, y representar estas criaturas en las paredes de las cavernas tendría una finalidad mágica[1]. Hauser dice que “las personas capaces de realizar estas representaciones se les considera dotadas de un poder mágico”[2], por lo tanto allí, en los más oscuro de las cavernas de Lascaux, había todo un rito misterioso y mágico, encabezado por el artista-mago que representaba al hombre con el órgano sexual erecto cazando a un gran bisonte. Las cuevas prehistóricas, más que lugares habitables parecían ser santuarios, en donde se realizaban ritos sagrados. De hecho en estos recónditos lugares se encontraron dibujos tallados con forma de “V”, que eran representaciones de vaginas y vulvas. Ahí en la génesis de las prácticas religiosas es donde se vincula la excitación; el éxtasis y lo sagrado. Ahí es donde el artista-sacerdote o mago, el sacrificio de los animales y el éxtasis ritual toman las primeras aristas de lo que se irá repitiendo a lo largo de los siglos, y que aún nos acompañará hasta nuestros días. Con todo esto reforzamos la idea de que lo masculino y femenino era considerado como una unión sagrada. Riane Eisler en su libro Placer Sagrado nos dice que en el periodo paleolítico era celebrada una deidad femenina, y la forma de acercarse a ella era mediante el sexo. Los ritos además pudieron tener una fecha específica como lo dice Riane Eisler en su libro:

“Es muy probable que en nuestra prehistoria haya habido ritos eróticos sagrados en ocasiones religiosas importantes como el regreso anual de la primavera a principios de mayo, donde la unión femenino y masculino, o de hombre y mujer, se celebraba como Epifanía o manifestación sagrada de los misteriosos poderes que dan y sustentan la vida”[3]

Por lo tanto, la unión masculino-femenino eran parte importante de los ciclos de la tierra y de la vida y su alianza eran parte de un sacramento. Lo que más nos impresiona, es que con el pasar del tiempo la religión cristiana haya ido desacralizando, y más aún, condenando las prácticas sexuales.


[1] Hauser, Arnold. Historia social de la literatura y el arte. Tomo I. Ediciones Guadarrama, Madrid, 1962, p. 35.

[2] Id.

[3] Eisler, Riane. Placer Sagrado, sexo mitos y la política del cuerpo, volumen 1. Cuatro vientos editorial, Chile, 1999, p. 56